Extraño silencio
Extraño silencio
“Desconocido era para mi el escuchar desde mi balcón aquel extraño silencio”
No serian ni las tres de la mañana y como tantas y tantas noches seguía sentado mirando la televisión pero no viendo nada, solamente me dedicaba a pensar en el porque de todas y tantas cosas, el dinero, la carrera, las mujeres, el jueves, el viernes, el sábado y a veces hasta los miércoles.
No se si divago o reafirmo mis pensamientos pues mi opinión mañana, tal vez y digo tal vez, pueda cambiar, pues me doy cuenta de que lo que opino es para mi cierto siempre que lo aguante tres semanas en mi cabeza, de lo contrario solamente es una alucinación pasajera.
Eran las tres y cuarto de la mañana exactamente, acababa de mirar el reloj cuando corrí la puerta de la terraza (en este pueblo las puertas de la terraza se corren, no se abren). Un piso bajo y sin vistas, un dormitorio que jamás llegará a ser una habitación y una pequeña cocina que me servirán para donde ir a morir en el momento en que todo quede cerrado. Me asomé y sabía lo que encontraría, nada, una nada tan silenciosa como la propia muerte y ambas con ese olor, hedor, característico que las acompaña y las diferencia del resto de las sensaciones y lugares. El ruido de algún coche perdido rompía la armonía silenciosa del paisaje (-¿Dónde iras?- siempre me pregunto, o -¿de donde vendrás?) y ese inquietante zumbido que a día de hoy sigo sin saber identificar siquiera su procedencia.
Mi cabeza vivía en ese instante atormentada, dolorida por los colores y sonidos que provenían de mi televisor, estuve a punto de arrojarla por la ventana, pero como seguramente mi cuerpo entero le seguiría detrás decidí dejarla en su sitio (momentos de depresión) y dejarla que siguiera pensando. Apoyé mis codos desnudos en la baranda helada y con un culo en pompa (postura cómoda de apoyo) que jamás adoptaría en público, clavé mis ojos en las paredes que parecían iban a ser traspasadas y saqué en ese momento de entre mis entrañas toda la pena que tenía acumulada, el dolor, el odio, el deseo, tu muerte, la mía y no pude menos que vomitar y al hacerlo me sentí genial, me sentí fatal, pero lo importante es que por fin volví a sentir (empezaba a creer que mi sangre estaba helada).
Solo yo y mi vómito tamaño feto rompimos aquel silencio que acto seguido nos volvió a rodear. Aquel silencio era extraño, me decía algo que antes no llegaba a entender, solamente me estaba enseñando lo solo que podía llegar a estar y ahora lo puedo comprender.